martes, 5 de octubre de 2010

EL TONTO POR SHELDON KOOP


Es muy tipico que en esta asignatura se generen "vacios" de todo tipo; existenciales, filosoficos, religiosos y un largo etc. Por ello y de alguna manera adquiri, esta "herramienta" que a lo largo de estos años ha permitido ( de manera parcial -no milagrosa- y respetando el tempo de los alumnos ) "arreglar" este "problema", espero que lo disfruten:

Capítulo XI

LLEGAR A SER QUIEN SOMOS






Las diferencias entre las tradiciones occidentales judeo-cristianas, y sus contrapartidas orientales, hindúes y budistas, pueden comprenderse parcialmente como un contraste entre la línea recta y el círculo. En el occidente, los ideales seculares de trabajo, éxito y progreso se acomodan bien al dogma religioso de evitar la tentación, vivir una vida buena, proseguir un camino recto y estrecho, y esforzarse por imitar la naturaleza perfecta e inalcanzable de Cristo. La línea recta que debemos seguir para salvarnos es la de la terrible distancia entre nuestra maldad y la bondad del dulce Cristo.



En la vía circular del Oriente, sólo debemos reconocer que cada uno de nosotros ya es el Buda. Sólo necesitamos rendirnos a nuestra auténtica naturaleza. El principio guía del cosmos occidental es la inteligencia más alta llamada Logos, hacia cuya perfección podemos ascender por esa línea larga y recta. En el Este, en lugar de Logos, la palabra sánscrita Lila significa el poder cósmico del Señor, a través del cual crea la ilusión del mundo, haciéndonos objeto (a personas y cosas) de distintas modalidades de Su Divina Energía. Todo lo que separa a alguien de la bendición del Nirvana es la maya de la ilusión. Nuestra naturaleza auténtica está en el centro del círculo de nosotros mismos (Atman, el yo universal). Cuando logramos abandonar la lucha por cambiar nuestra vida, podernos desligarnos de ese apasionado trabajo por tratar de ser lo que no somos.



Lo que suele considerarse fatalismo y pesimismo en el Oriente, es la idea de que la vida es una rueda de infortunios, un ciclo continuo de nacimiento, sufrimiento y muerte, al que las personas renacen una y otra vez gracias a su ignorancia que les hace creer que pueden cambiar sus verdaderas naturalezas. El karma de una persona es precisamente esa vida en la que ha nacido (y que a veces se define como la carga de recompensas y castigos heredados de encarnaciones previas). El karma de esta vida es tanto el efecto de vidas anteriores, como la causa de lo que se ha de disfrutar o soportar en vidas futuras.



Yo no creo en la reencarnación. Creo que no somos castigados por nuestros pecados, sino con ellos. Y sin embargo, la metáfora del karma me parece alentadora y esclarecedora. Creo que nacemos y nos desarrollamos para llegar a ser quienes somos, en gran medida más allá al poder de la voluntad. Podemos explicar psicoanalíticamente nuestro desarrollo en términos de las tempranas experiencias familiares, pero aun así, los problemas de la desdicha personal apenas si pueden atribuirse a algo más que a haber nacido en una casa equivocada. ¿Si yo hubiera nacido en la casa de los vecinos, me hubieran amado más, me hubieran aceptado con mayor ternura, y me hubieran comprendido mejor? ¿Quién sabe?



La familia y la cultura nos alientan a "mejorarnos"; a desarrollar un "buen carácter". Con mucha frecuencia la distinción entre carácter y personalidad es en realidad la doctrina de la máscara. En el mejor de los casos cubre la diferencia entre el modo en que los otros conciben mi personalidad y el modo en que yo sé que es. En el peor de los casos, la armadura defensiva de la máscara va más profundamente aun, oscureciendo las diferencias entre mi propio concepto noble e idealizado de mí mismo y el alma doble, de ángel y bestia, que soy en realidad.



Creo que la herencia biológica y las circunstancias posteriores del azar nos dan tanto oportunidades de gozo como necesidades de dolor. Pero decir lo feliz o infeliz que soy por ser dueño de esta personalidad que es la mía y de esta vida que me han dado, depende en gran medida de lo bien que pueda aceptar mi destino, o de que pida que vuelvan a repartir las cartas, que todo vuelva a empezar. No siempre puedo ganar, pero debo seguir jugando. Después de todo, es la única partida que hay. Luchar contra el destino, tratar de realizar lo imposible, pedir ser otro y vivir otro tipo de vida, todo eso es una demanda absurda que sólo puede llevar a un sufrimiento innecesario. Ya es bastante con tener que pasar por el dolor absolutamente necesario, sin estropear los placeres futuros gimiendo. "¿Por qué yo? ¿Por qué tuvo que pasarme esto a mí?"



La construcción del carácter es una negación de la naturaleza verdadera del yo, una búsqueda de un modelo mejorado. Por mi parte, ya no espero llegar a tener un buen carácter, en tanto eso implique apartarme de mi "budeidad". Mi propósito no es mejorar mi yo, sino llegar a conocerlo con mayor claridad, y aprender a celebrar todo lo que soy. No necesito cambiar más mi personalidad construyendo mi carácter, que cambiar mi destino tratando de ser tan bueno que alguien me salve. Recuerde cuántas veces usted dijo: "Por favor Dios, si sólo esta vez me haces pasar el examen (o lograr una promoción, o encontrar un amor), entonces te prometo que nunca volveré a mentir (o a masturbarme, o a responderle a mis padres). "



Esta distinción entre carácter y personalidad, es afín a la distinción entre suerte y destino. Si no acepto conocer lo que siento, decir lo que pienso, y hacer lo que digo, entonces mi vida es un objeto pasivo en manos de la suerte. No obstante, en la medida en que acepto, me apropio y atesoro esa fortuna (o desgracia) que es mi propia personalidad, y que es yo mismo, en esa medida puedo transformar la suerte en destino. Sólo entonces puedo llegar a ser quien soy, aceptando vivir mi vida tal como me ha sido dada, en lugar de esforzarme por ser otro.



Para transformar mi suerte en destino, debo abandonar el hábito romántico de decir algo más que la verdad. Debo comenzar presentando ante mis propios ojos mi vida tal cual es, y luego ante los ojos de los demás. No hay necesidad de ocultar mi fuerza, mi virtud, mi belleza. Pero todo esto ha de ser presentado dentro del contexto de mis debilidades, de mis arrugas, y mis defectos. William Butler Yeats nos aconseja bien cuando nos dice que:



"El alma debe volverse su propia traidora, su propia entregadora, la actividad única, el espejo vuelto lámpara”

(William Butler Yeats, citado en Yeats: The Man and the Masks, por Richard Ellmann, E.P. Dutton and Company, Nueva York, 1948, pág. 280.).



Una vida sin dolor no es posible. Los pacientes suelen venir a la terapia esperando que si pueden mejorar lo suficiente sus personalidades, si pueden alcanzar la "madurez" o la "salud mental", entonces podrán vivir una vida exenta de problemas. Les lleva mucho tiempo comprender que:



"En todo el mundo

no hay camino de salida.

El ciervo grita hasta

en las montañas más remotas."

( Fujiwara No Toshinari, poema sin título en One Hundred Poems from the Japanese, traducidos al inglés por Kenneth Rexroth, New Directions, Nueva York, 1964, pág. 81.)



No es necesario que traten de volverse otros, puesto que la búsqueda de la paz completa y la perfecta reunión con la Gran Madre nunca tendrán lugar. No hay paz hasta la muerte, y quizá ni aun entonces. E, irónicamente, sea cual sea la paz que haya reservada para nosotros, proviene de la aceptación de la buena/mala naturaleza de quienes somos, así como de las cualidades afortunadas desdichadas de nuestra vidas.



Importa menos que un hombre sea un extrovertido que se lance al mundo, mientras otro es un introvertido para quien su propio interior es más importante, que cada uno de ellos acepte ser quien es, y no trate de ser el otro. Pues, después de todo, mucho antes de Cristo (y de Jung), Lao Tsé nos dijo:



"Un hombre con coraje visible se atreve a morir,

Un hombre con coraje invisible se atreve a morir;

Pero cada uno de los dos

Tiene un aspecto mejor y peor que el otro."

(Lao Tzu, The Way of Life According to Lao Tzu: An American Version, traducción de Witter Bynner, Capricorn Books, Nueva York, 1962, pág. 71.)



Quizá la neurosis no sea más que el conflicto por alcanzar nuestro propio camino por cambiar a los otros, por corregir a la suerte, o, al fracasar todo esto, por no querer entregarnos a nuestros deseos más profundos, de modo que si no podemos alcanzar nuestro propio camino, al menos podamos impedir que otro alcance el suyo.



Recuerdo a una paciente con la que he trabajado durante años, que ha superado gran parte de su depresión, es mucho más expresiva, afirmativa y creativa, y ha mejorado en gran medida su matrimonio, antes desdichado. Le resulta difícil terminar su trabajo en la terapia, por un problema remanente, al parecer insoluble.



Al principio comenzó describiendo su problema como un matrimonio que no era lo suficientemente sólido y satisfactorio como para disuadir a su marido de su interés por la pornografía. Gradualmente llegó a comprender que el problema no era su marido, sino la respuesta que ella le daba. Cuando él manifestó su interés en libros y filmes pornográficos, ella reaccionó con ansiedad y resentimiento, como si él la estuviera traicionando.



Con mi ayuda, pudo relacionar estas reacciones con su desazón, siendo adolescente, cuando su padre abandonó la familia y su matrimonio desdichado y cayó en brazos de una joven sirvienta. En aquel entonces la paciente se protegió del pánico que hubiera implicado el reconocimiento de su total desamparo ante estas pérdidas, rechazando todos los posteriores esfuerzos de su padre de volver a ponerse en contacto con ella. Al conectar los dos sucesos, la respuesta de la paciente se deslizó de una ansiedad y resentimiento difusos, a una insistencia más amarga y contumaz según la cual ella no iba a ceder, es decir, no aceptaba lo que quisieran darle su padre o su marido, pese a que ellos hubieran tolerado sus sentimientos y su insatisfacción.



Le salí al encuentro de su sombrío relato con el viejo cuento húngaro de las tijeras. Se dice que en Hungría, hace años, una pareja se conoció, se enamoraron y casaron. Al principio parecían muy felices, hasta que tuvieron una discusión, aparentemente trivial. Estaban haciendo un paquete entre los dos, y una vez que estuvo listo, sobraba un poco de hilo que había que cortar. El marido dijo: "Iré a buscar un cuchillo para cortar este hilo". Pero ella insistió en que cuando era chica y sobraba algo de hilo al hacer un paquete, nunca se lo cortaba con un cuchillo, sino con una tijera. Y así comenzó la discusión. Y durante años su matrimonio se envenenó con malestar e irritabilidad pues crónicamente discutían el dilema del cuchillo y la tijera. Pasado un tiempo, por supuesto, sus respectivas posiciones eran tan claras, que 'bastaba con que el marido dijera "¡cuchillo!" para que la esposa gritara "¡tijera!".



Por último, el marido sintió que ya no lo soportaba más. Decidió que debía librarse de una esposa tan pertinaz. Insidiosamente, la invitó una tarde de sol a dar un paseo en bote. La llevó hasta el centro del lago, que era muy amplio y profundo, y allí le dijo: "Vamos a poner en claro este asunto de una vez por todas. O bien te das por vencida y admites que el cuchillo es el instrumento apropiado para cortar un trozo de hilo, o te daré un golpe con este remo y te tiraré al agua y como no sabes nadar, sin duda te ahogarás." La respuesta de ella fue un desafiante: "¡tijeras!" En vista de lo cual el marido levantó el remo, y de un golpe tiró a la mujer fuera del bote. Ella, efectivamente, no sabía nadar, y trató de mantenerse a flote un momento, mientras el marido le preguntaba "¿cuchillo?". Con la boca llena de agua ella balbuceó "tijeras", y se hundió por primera vez. Momentos después salía a la superficie, y el marido se apresuraba a preguntarle "¿cuchillo?". Escupiendo agua por la boca y la nariz, ella gorgoteó: "¡tijeras!" y se hundió por segunda vez. Cuando tras un largo momento, exhausta y semiinconsciente, salió a la superficie y estaba a punto de hundirse por tercera y última vez, él le dijo: "Esta es la última vez que te lo digo, es cuestión de vida o muerte. ¡Cuchillo!" Y cuando ella se hundía bajo la superficie de las olas, todo lo que pudo verse fue su mano derecha levantada, uniendo y separando los dedos índice y mayor, haciendo un último signo de tijeras.



Aunque este cuento ayudó a la paciente a reírse de sí misma, al reconocer su propia tenaz y destructiva insistencia en no rendirse, no' bastó para liberarla del problema. Le ofrecí la analogía con mi propia lucha contra el dolor y la muerte inminente con la que me enfrento todos los días debido a mi tumor cerebral inoperable, "¿ Qué podría hacer?" le pregunté. "Es la única vida que me han dado. ¿Habría de desperdiciarla insistiendo en que esto no puede sucederme a mí? ¿Que no es correcto, que es demasiado implacable, que no puedo disfrutar el resto de mi vida porque hay en ella fragmentos que considero inaceptables? Mi única esperanza está en encontrar la calma de la rendición a mí mismo. Si me rindo a lo que no puedo cambiar, haga lo que haga sin pensar en los resultados, entonces obtendré lo que puedo obtener." Su amor hacia mí la ayudó a tender un puente entre nuestros comunes dilemas humanos, y pudo experimentar tanto el absurdo como la profundidad de nuestras situaciones. Pero antes de poder liberarse, tuvo que realizar, en su fantasía, la experiencia de perdonar a su padre (y a su esposo), de no tratar más de cambiar lo que no podía cambiarse, y de vivir en el dolor del desamparo. Es bastante con que debamos sufrir pérdidas, disgustos y traiciones. No necesitamos agregar a la desdicha y la mala suerte que la vida descarga sobre nosotros, una lucha inútil contra el karma, contra lo que es nuestro en esta única vida que tenemos.



Y si el terapeuta debe ayudar a otros a encontrar su camino, a aceptar su karma, ¿qué clase de hombre debe ser? Una vez más Lao' Tsé nos lo indica, al decir:



"Alguien que sabe que su destino

es el destino de todos los otros hombres

es quien mejor podrá guiarlos ... (pues) ...

Un hombre bueno, antes de poder ayudar

a un hombre malo,

encuentra en sí mismo al hombre malo."

(Lao Tzu, The Way of Life According to Lao Tzu: An American Version, traducción de Witter Bynner, Capricorn Books, Nueva York, 1962, pág. 31, 41 y ss.).



Lo mismo que le sucede al terapeuta le sucede al paciente. Si un hombre quiere vivir plenamente, debe mirar sin parpadear todo lo que emerge de su inconsciente. Si quiere ser algo más que una figura chata, debe hundirse en su sombra. Todo lo que su conciencia le dice que no es, secretamente lo es. Las aspiraciones de su filosofía social idealizada no son más que negociaciones del oscuro reverso de lo que significa ser auténticamente humano. Un hombre no puede huir del mal sin entregarse a él. No hay que evitar al mal, sino más bien transformarlo. Si un hombre trata de ser generoso sin reconocer ante sí mismo sus propios intereses secretos, seguramente resultará un déspota orgulloso, que dará sólo cuando le convenga a su deseo de parecer benévolo. Si la caridad fuera anónima, Dios se apiade del pobre. Nuestra única esperanza consiste en volver la vida consciente hacia esos aspectos oscuros de nosotros mismos, de los que nos han enseñado que no debemos recordarlos siquiera.



Pero aun nuestro intento de saber qué hay en la inconsciencia de nuestra persona oculta, puede resultar una mera búsqueda de una inalcanzable perfección. Aunque todos deben aceptar hundirse en las tinieblas del alma, nadie puede conocerlas por entero. Nunca se completará la exploración. Pues pertenece a la misma naturaleza de la bestia el quedar parcialmente oculta.



Si usted siente deseos de explorar la oscuridad de su corazón, estará tentado a pensar que si se esfuerza lo suficiente y durante el tiempo suficiente, llegará a saberlo todo. La inevitable búsqueda humana de la ilusión de control, de tenerlo todo dominado de una vez para siempre, de no tener que enfrentar más el desamparo y la soledad del largo peregrinaje a través del poderoso marasmo de las fuerzas de la oscuridad, lo tentará, sin duda, el resto de su vida.



Es instructivo examinar los límites de la luz de la conciencia y de los poderes de la razón, cuando se encuentran frente a las fuerzas oscuras. William James, un psicólogo que quiso descubrir y comprender todas las variedades de la experiencia religiosa, nos cuenta una historia. En uno de sus viajes, encontró a un sabio hindú de quien esperaba obtener algunas respuestas conclusivas. James, que había leído más de lo que había podido comprender sobre la filosofía oriental, sabía que está escrito que:



Brahma, el creador, conjuró ocho elefantes celestiales, que fueron colocados en las cuatro esquinas del mundo y en los cuatro puntos medios de los lados, de modo tal que soportaran el peso del firmamento superior.

(Heinrich Zimmer, Philosophies of India (1951) pág. 120.)



Y así es que le preguntó al Mahatma: "Tengo entendido que su pueblo cree que el universo se apoya en los lomos de grandes elefantes blancos, ¿no es así?"

-Así es, en efecto -respondió el Mahatma.

-Bien, bien -siguió el Dr. James-. Ahora dígame, ¿En qué se apoyan estos grandes elefantes blancos?

-Cada uno de ellos -respondió al instante el sabio- se apoya sobre otro gran elefante.

-¿Y sobre qué se apoya ese otro gran elefante?

-Sobre otro gran elefante blanco, por supuesto.

El Dr. James, que veía bien encaminada su encuesta, comenzó a preguntar de nuevo:

-¿Y sobre qué se apoya ... ?

Pero en este momento el Mahatma lo interrumpió.

-Dr. James, Dr. James, -le dijo con suavidad-, antes de que prosiga interrogándome, debo advertirle una cosa. Hay elefantes blancos en todo el descenso.



Y así, por más interés que tengamos en ver en las sombras, en enfrentar las oscuras imágenes primordiales, en reveler el resto de nosotros. mismos a nuestra conciencia, debemos recordar que hay grandes elefantes blancos en todo el descenso. Aun así, debemos llegar a saber todo lo que podamos acerca de lo que somos, o sufrir las ilusiones que creamos proyectando sobre otros lo que no podemos aceptar en nosotros, viendo siempre al enemigo afuera de nuestras personas, viviendo una vida de dogmática degradación del prójimo y deshumanizado aislamiento de nuestras personas. Puesto que el inconsciente proporciona una fuerza compensatoria para las actitudes unilaterales de la conciencia, la autorrevelación espontánea de nuestros sueños nos enseñará lo que debemos saber sobre esa parte nuestra que por lo general queda oculta. En este sentido los sueños pueden ser proféticos, al revelar el tríptico del pasado, el presente y el futuro, es decir de dónde venimos, por dónde nos encaminamos, y qué nos espera más adelante. (Gerhard Adler, Studies in Analytical Psychology, Capricorn Books, Nueva York, 1969, págs. 92 - 119. El "esquema cronológico triple" es estudiado con más amplitud en su capítulo "Study of a Dream". )



He aquí tres sueños, todos soñados una misma noche y presentados en una sesión de terapia por una mujer joven que llevaba varios meses de tratamiento y que experimentaba una extraña combinación de pánico ante lo que estaba emprendiendo, y excitación frente a los resultados que podría obtener.



Sueño uno: Estoy en una fiesta conversando con algunas personas, no sé sobre qué. Una y otra vez veo que mi esposo pasa a otro cuarto con una u otra de las mujeres invitadas a la fiesta. Me sorprende descubrir que en lugar de sentirme celosa, sólo siento curiosidad por saber qué sucede.



Sueño dos: Entro en un tocador suntuosamente decorado. Me siento anonadada al ver que el hermoso empapelado está desgarrado en varios sitios. Me quedo inmóvil, de pie, viendo cómo se despega de la pared, sin saber qué hacer.



Sueño tres: Estoy en un lugar excitante. Creo que es carnaval. Estoy en una plataforma en el centro de otras cosas, cuidando a unos osos bailarines. Me estoy divirtiendo muchísimo. Se me acerca un hombre y me pregunta qué estoy haciendo. Me sorprendo al descubrir que puedo responderle sin dificultades. Le digo: "Soy la Dama de los Osos" (se ríe). Ahora me doy cuenta que eso era una broma, pues yo quería decir que era una dama sin ropa encima". (Bear: oso; bare: desnudo).



Luego de examinar con ella los sueños a nivel de sus propias asociaciones inconscientes, le sugerí que pensara si los sueños podían representar, respectivamente, su pasado, su presente y su futuro. El primer sueño representa el pasado, esto es, la situación que la trajo a mi consultorio. La charla en una fiesta representa una vida social vacía, superficial y egoísta. En el sueño su marido representa a su padre, en un nivel de asociación personal, y las mujeres con las que se aparta, sus hermanas menores. Sin embargo, también representa a su animus, caracterizado por la aventura de su esposo en un mundo más complejo y exigente que el que habita ella. Al liberarse de sus celos, que amenazan su persona, ha adquirido la curiosidad suficiente como para preguntarse qué sucedería si saliese de esa vida de fiesta social y pasara a otro cuarto. Y es lo que en parte ha hecho' al venir a mi consultorio.



El segundo sueño representa su ambivalencia presente y su dilema, por cuanto comprende que tras varios meses de terapia, comienza a descubrir su lado sombrío, al que se refiere llamándolo las cosas "primitivas" de ella. En una sesión posterior, admitió que en este sueño no estaba de pie, sino sentada en el inodoro, su metáfora para el material inconsciente. Es molesto para una mujer educada en una familia con normas de clase alta, gente que se siente por encima de la experiencia de los seres vulgares, referirse a estas cosas. Es por eso que eufemísticamente llamó "tocador" al baño. Si por ella fuera, negaría que tiene esas funciones, pero, como lo dice Montaigne: "Los reyes y los filósofos defecan, y las señoras también". (Michel de Montaigne, Selected Essays, traducidos por Charles Cotton y W. Hazlitt, Modern Library, Nueva York, 1949, pág. 563.). Y es por esto que, pese a la suntuosa decoración del tocador, ve que el empapelado se cae y deja a la vista la estructura oculta. Su interés por la terapia, por mirar y ver lo que yace oculto, es experimentado ahora con una sensación de desamparo, en tanto ve a su persona descascararse, y siente cada vez más temor de lo que pueda encontrar debajo.



El tercer sueño representa su esperanza y excitación frente al futuro. La atmósfera es la del carnaval, época en la que todo está permitido. Los osos bailarines son su deleite y gozo ante sus impulsos instintivos, una vez que estén bajo control sus aspectos peligrosamente agresivos. Ella sabe quién es, y sabe qué está haciendo, por lo que le es fácil responder a la pregunta" ¿Quién es usted?" que le formula su animus. Ella es la Dama de los Osos. Ha resuelto su complejo maternal negativo haciéndose cargo de su propio aspecto materno. Es la dama de los instintos, la mujer poderosa. Y además es la dama desnuda, que se ríe de estar desvestida, transparente, abierta, de ser la criatura sensual y de que todos lo constaten.



Sus sueños me llevaron a una exploración más profunda de mi propio sueño de lobo. Ahora pude interpretar al lobo como mi propia naturaleza destructiva, que debo ocultar para llevar a cabo mi tarea de terapeuta. Ese aspecto del lobo es el de Madre de los Abandonados, de Rómulo y Remo, el que, pese a su rostro de destrucción, alimenta. Aún debo transformarme en el niño expósito que aprende a vivir entre los seres brutales.



Esa misma semana recibí una ayuda adicional, esta vez de parte de un viejo amigo que había leído un informe de mi sueño del lobo, publicado en una revista. ( Sheldon B. Kopp, "My own Dark Brother", en Voices, vol. 9, Nº 2, págs. 60 - 61, verano de 1973.) No siempre se consigue lo que se quiere, pero sí lo que se necesita. Me envió un ejemplar de un ensayó suyo (Frank Harunian, "The Ethical Relevence of a Psychutherapeutic Technique" Journal of Religion and Health, vol. 6, N° 2. Abril de 1967. págs. 148 - 154.) en el que describía el trabajo de un psiquiatra alemán llamado Levner, que había desarrollado una' técnica llamada Imaginería Afectiva Guiada. El artículo de Frank insiste sobre el uso de esta técnica alrededor del tema de alimentarla bestia. Se le pide al paciente que imagine que está en los lindes de un bosque, y se le dice que si mira con atención verá salir una bestia de entre los árboles. Cuando el animal aparece en su fantasía, experimenta sentimientos negativos tales como miedo, rabia o disgusto. Se lo alienta a fantasear una aproximación, caricias y alimentación del animal. Si accede a hacerlo, tiene lugar una transformación, por la que el adversario peligroso se transforma en un aliado o un compañero. Mi amigo explica:



La técnica de la alimentación invoca una conducta imaginaria de tipo afectuoso y maternal frente a sentimientos de temor que han nacido por la idea de amenaza. En la medida en que la amenaza y el miedo se proyectan y no son apropiados .a la situación, el paciente cooperativo logra una buena oportunidad de superarlos y de liberar a su conducta de su influencia. (Frank Harunian, "The Ethical Relevence of a Psychutherapeutic Technique" Journal of Religion and Health, vol. 6, N° 2. Abril de 1967. págs.152.).



Tanto el tercer sueño de mi paciente como el ensayo de mi amigo, me fueron útiles para exorcizar a mi propio hermano oscuro. Mi manera característica contrafóbica de superar la ansiedad me inclinaba (tanto en mi condición de terapeuta como de paciente) a favorecer un cambio de ubicación con la bestia, para ver qué se sentía al transformarse en la peligrosa araña, cuando me encontraba en la desesperada situación de la mosca que ha caído en su red.



He advertido que cuando tratamos de aceptarnos a nosotros mismos, debemos comenzar por prestar atención a lo que está oculto. Es obvio que en cierta medida todos ocultamos nuestras actitudes asóciales detrás de nuestra persona. Esta máscara del yo social es más indicativa de las exigencias culturales que conforman nuestras interacciones, que de aquellos impulsos instintivos que la cultura trata de domesticar. Y durante muchos años el psicoanálisis nos ha venido repitiendo la necesidad de tratar de comprender los contenidos reprimidos del inconsciente personal que subyacen a los aspectos más racionales y realistas del yo. Jung ha ampliado nuestra comprensión de lo oculto por medio de su concepto de la sombra, ese aspecto desautorizado o aun no revelado del yo que incluye no sólo el inconsciente personal, sino también los motivos arquetípicos del inconsciente colectivo y las funciones inferiores del tipo psicológico de un individuo dado.



Fuera de mi propio conflicto, destaco la importancia de estar en contacto con la libertad de ser poderoso en un mundo duro. Pero tienen razón en vacilar antes de seguir mis consejos, pues "para hombres con tipos diferentes de estructura psicológica, convienen distintos tipos de ética." (Erich Neumann, Depth Psychology and a New Ethic, traducción al inglés de Eugene Rolfe, HarperTorch Books, Harper and Row, Nueva York, 1973, pág. 21. ) Aun así, oigan lo que tengo que decir y acéptenlo si quieren o háganlo a un lado si no. Lo que quiero decirles es que es esencial que no nos engañemos. Cuando podamos, debemos actuar con amor, pero cuando se exige ira, agresión y violencia, debemos aprender a expedirnos con eficacia, rapidez y placer. Yo trato de actuar con honestidad, compasión y ternura hacia quienes amo y aun hacia otros seres humanos que pasan por mi camino y que me importan poco pero que están tratando de vivir sin impedírmelo. No obstante, en presencia de mis enemigos debo saber luchar como una fiera. Margaret Mead dijo una vez que los buenos modales son útiles para entendernos con personas con las que no convivimos. La honestidad es útil para con los amigos. La diplomacia y la agresión la ahorro para mis enemigos.



Todo esto resultaría destructivo y cínico si los hombres fueran simplemente buenos, o al menos respetables, pero como ya lo dijo Maquiavelo, como los hombres no son buenos suele ser necesario invocar la fuerza del león y la astucia del zorro. Si esa sutileza italiana les parece demasiado cínica a sus sensibilidades humanistas, entonces vuelvan la mirada al antiguo y gran subconsciente de la India, asiento tradicional de la reverencia y la paz. Los modernos humanistas occidentales han mirado el oriente en estos últimos años como un modelo de libertad espiritual, de paz interior y de medios no violentos de lograr un acuerdo social. Pero este modelo social idealizado tiene un reverso que suele quedar sin examinar. "El pesimismo filosófico y político hindú no es tocado por ninguna esperanza o ideal de progreso y mejora." (Heinrich Zimmer, Philosophies of India (1951) pág. 127.) Y es así que en el Mahabharata, libro tradicional de guía práctica, se esbozan cuatro modos principales de enfrentar a un enemigo. Son ellos: Saman, el camino de la conciliación o la negociación; Danda, el camino del castigo o la agresión; Dana, el soborno; y Bheta o la división del enemigo, con el fin de debilitarlo. y por último, irónicamente, a estas cuatro tácticas principales se agrega Maya. Aunque generalmente se define a Maya como la naturaleza ilusoria de la vida cotidiana que debe superarse, transformarse y abandonarse para que un hombre pueda llegar al nivel del despertar y la libertad espirituales, en este contexto se define a Maya como un truco, un engaño, o el despliegue de una ilusión con la que burlar al enemigo. Se sugieren otras tácticas menores, tales como Upeksa, que significa pasar por alto, simular no interesarse diciendo que uno no está preparado para tomar una decisión acerca de entrar o no en un determinado asunto, Indrajala, que significa "la red del dios Indra" (el Zeus hindú) e implica todas las variedades de estratagemas y trucos de guerra. Estas sugerencias constituyen "los siete modos de acercarse a un vecino en este océano sin sentimientos" (Heinrich Zimmer, Philosophies of India (1951) pág. 127.), bajo la doctrina del Matsya-inyaya, la Ley de los Peces: El pez grande se come al chico.



No debemos confundir los buenos modales con la moral. La vida puede carecer de piedad, y el mal puede ser una necesidad. Steinbeck señaló que basta observar un estanque para ver la vida en su desnudez. Allí podemos contemplar la Ley de los Peces en acción. El que los grandes se coman a los chicos es también parte de la naturaleza animal del hombre. Podemos construir templos, ser caritativos, pintar y componer música. ¡Pero primero debemos sobrevivir! Y eso significa que si hay peligro, y se trata de mi vida a la suya, le aseguro que haré lo posible por salvarme yo.



En consecuencia, lo oculto debe revelarse antes que las apariencias asuman forma y sustancia. Pero querría advertir contra la falacia psicoanalítica según la cual sólo lo oculto es auténtico. Un hombre que actúa y habla con amor de su mujer, puede a veces revelar en su sueño, en una fantasía o en un lapsus, un odio inconsciente hacia esa misma mujer. Lo cual no quiere decir que él en realidad la odie. Sólo sugiere que además de todos sus sentimientos positivos, hay, por supuesto, una sombra, una ambigüedad, una polaridad humana básica. La impureza es el único criterio confiable para la realidad de un sentimiento. Para mí, este amor será más creíble cuando lo vea mantenerse de pie frente al odio que debe acompañarlo. Si fuera "puro ", desconfiaría. Por lo que sé, nunca en mi vida he tenido un motivo puro.



Esta necesidad de aceptar el otro lado, el lado sombrío, es una de las bases del enfoque del médico-"trickster", que, como vimos, se sintetiza en el lema: estar donde ellos no están. La respuesta de una paciente ante mis trucos reveladores de la sombra, fue experimentar su lucha contra mí (en realidad con el reverso de ella misma) como un "combate con el molino de viento". Lo describió de este modo:



Sé que estoy mejor porque me siento peor.

Cuanto más bueno eres, más difícil se hace.

Cuanto más me robustezco, más débil me siento.

No puedes dármelo porque ya lo tengo.

No puedo ser más pequeña porque tú no eres

más grande (¡maldito sea!)

Cuanto más me pierdo, más se aclaran las cosas.

Me siento confundida, debo estar en lo cierto. Llego más lejos cuando me quedo atascada.

Lo peor es saber que puedo hacerlo.

Los lugares más seguros son los más peligrosos.

Cuanto más lloro, más me río.

Cuanto más me esfuerzo, más te ríes.

Cuanto más te amo, más te odio.

Cuanto más lucho, más amigos tengo.

No puedo hacer que me ames, pues ya lo haces.

No puedo ser especial, todo el mundo/nadie lo es.

Cuando tengo permiso para descansar, es cuando "más trabajo.

A mi descanso lo llamas trabajo; A mi juego

lo llamas trabajo; A mi trabajo lo llamas trabajo. No puedo salir de eso (¡maldito sea!).

Puesto que no puedo gustarte o disgustarte, haré lo que quiera.

No puedo ganar, pero no tengo que perder.

No hay éxito o fracaso, pero tengo que mantener lo que es mío.

(Marcia Deinelt, "Fighting the Windmill", inédito, 1973)





No es posible apreciar la luz sin Conocer la oscuridad, los cielos sin la tierra, lo seco sin lo húmedo, el calor en ausencia. del frío. Lo humano carece de sentido para quien no conozca lo animal, así como un hombre sabe que lo es plenamente en presencia de una mujer. Angel y demonio son caras de Jano. Caín es incomprensible si no comprendemos a su hermano, Abel; y Jesús está incompleto sin Judas.



La transformación que trae el reconocimiento y la aceptación de la identidad sombría oculta no cambia a la persona, sino que la completa. Por eso es que yo corregiría el cuento tradicional hindú del Hijo del Rey:



Una vez había un hijo de un rey que, por haber nacido bajo una conjunción astral desafortunada, fue alejado de la capital siendo aún un bebé, y entregado a un hombre primitivo, un montañés, apartado de la civilización brahmánica (es decir, un descastado sin educación y ritualmente impuro). En consecuencia vivió durante muchos años bajo esta falsa idea: "Soy un montañés". En su momento, sin embargo, el viejo rey murió. Y puesto que no había nadie que lo reemplazara en el trono, uno de los ministros, que sabía que el niño había sido llevado a las montañas años atrás, fue a buscarlo y una vez que lo encontró, le dijo: "No eres un montañés, eres el Hijo del Rey". Inmediatamente el joven abandonó la idea de que era un descastado y adoptó su naturaleza real. Se dijo a sí mismo: "Soy un rey". (Heinrich Zimmer, Philosophies of India (1951) pág. 308. Citado del Sankhia Sutra, 4. 1).



Creo que nada ha cambiado en la esfera de los hechos, sólo ha habido una transformación en su conciencia. ¿Es ahora un príncipe que creía ser un montañés, o un montañés que sólo ahora comprende que es también el hijo de un rey? Quizá sólo se trata de que ahora "se ha unido, al fin, con la completud oculta de su naturaleza verdadera". (Heinrich Zimmer, Philosophies of India (1951) pág. 310.)



No propongo tanto una reconciliación oriental por la armonía final de los opuestos, como la necesidad de reconocer la existencia del otro lado. Mi objetivo no es una paz perenne objetivada y una ausencia de conflictos. sino más bien un estado vital y viable de tensión dinámica. No busco tanto el acuerdo, como un equilibrio de fuerzas, pues ambas son necesarias. Políticamente, por ejemplo, sé que cuando la izquierda triunfa los liberadores no tardan en transformarse en los nuevos opresores contra los que hay que actuar para que pueda continuar con fluidez el proceso humano. Lo que me interesa es el flujo y el reflujo, el ritmo por el que todo cambia y nada cambia, la vida en movimiento.



Tras haber expuesto, con cierta amplitud, la necesidad de sacar lo oculto a la luz, quisiera hablar ahora acerca de cómo llegar a ser quien somos una vez que todo ha salido a la superficie. La totalidad de mi visión se hará evidente mediante otro de los tesoros del Oriente, esta vez el canto hindú de hace veinticinco siglos, El Canto de Dios: Bhagavad Gita. (The Song of God: Bhagavad Gita, traducido por Swami Prabhabananda y Christopher Isherwood, con introducción de Aldous Huxley, Mentor Religious Classic, Publicado por la New American Library, Nueva York, 1956.).



El Bhagavad Gita es un poderoso y poético diálogo que tiene lugar en un campo de batalla antes de un épico encuentro de una larga guerra civil entre reyes hindúes, un diálogo entre uno de estos reyes, Arjuna, y Sri Krishna, encarnación del dios supremo que ha tomado la apariencia del conductor del carro de Arjuna. La lucha por el poder había sobrevenido entre los descendientes del rey Vichitravirya. El hijo mayor del rey había nacido ciego, y su hermano menor, Pandu, se hizo cargo del trono cuando murió el padre. El hermano mayor educó amargamente a sus hijos con la tenaz determinación de que algún día reclamaran el trono. Y es así como estos jóvenes desafiaron a los hijos de Pandu. Los hijos de Pandu, Arjuna y sus hermanos, habían pensado compartir el poder, pero sus primos desposeídos los forzaron a una confrontación en el campo de batalla.



Nuestro Señor Krishna se ofreció como mediador entre los primos combatientes, pero sólo de acuerdo con los deseos de los antagonistas. Ofreció a uno de los lados su fuerza en el combate, y al otro sus consejos y advertencias. Es así como llegó a ocupar el puesto del conductor del carro de Arjuna. En la víspera de la batalla, Krishna conduce el carro hacia el espacio libre entre ambos ejércitos, de modo que Arjuna pueda ver las hordas enemigas. Al reconocer a tantos de sus amigos y parientes, Arjuna se siente desfallecer y exclama con desesperación: "No combatiré".



Krishna le explica a Arjuna cuáles son sus alternativas, y lo ayuda a decidir. Aunque estas enseñanzas lo persuaden de que debe combatir, las palabras de Krishna no son de ningún modo favorables a la guerra. Para apreciar lo que este dios tiene para ofrecernos aún hoy, debemos ver ese campo de batalla como una metáfora de un aspecto de la vida, y al carro de Arjuna como símbolo de su identidad. En aquella época los hindúes se encontraban divididos en cuatro categorías:



Vates y líderes,

Proveedores y servidores.

(The Song of God: Bhagavad Gita, traducido por Swami Prabhabananda y Christopher Isherwood, con introducción de Aldous Huxley, Mentor Religious Classic, Publicado por la New American Library, Nueva York, 1956. p.125).



Estas categorías reflejaban las cuatro castas hindúes: los Brahmines, que eran sacerdotes, los Chatrias que eran guerreros y políticos como Arjuna, los Vaishyas que eran comerciantes, y los Sudras que constituían la clase servidora.



Krishna le dice a Arjuna que hay más de una solución para su problema, así como hay muchos senderos que conducen a una meta, modos alternativos de liberarse de las ataduras espirituales, y más de un camino que lleve a la iluminación. Yoga es la palabra que designa a esas disciplinas orientales de la persona, por medio de las cuales puede buscarse un alivio a las interminables penas de la vida. Krishna le describe el Yoga de la Renunciación (el camino ascético), el Yoga de la Meditación (la búsqueda interior), el Yoga del Misticismo (la rendición a la fe en la divinidad) y el Yoga de la Devoción (el amor y la adoración). Pero Krishna dirige a Su alumno hacia el Karma Yoga, y hacia él quiero que ustedes vuelvan la mirada.



El Karma Yoga es la doctrina de la salvación en el mundo, en la vida tal como es, llegando a ser quien se es. No es posible, por supuesto, no actuar, no vivir cada cual su 'vida, no ser uno mismo. "Todos están ineluctablemente forzados a actuar:' (The Song of God: Bhagavad Gita, traducido por Swami Prabhabananda y Christopher Isherwood, con introducción de Aldous Huxley, Mentor Religious Classic, Publicado por la New American Library, Nueva York, 1956. p.44). Pero el camino a la salvación es actuar entregándose por entero al momento, y renunciando a los frutos de la actividad. Todas las actividades deben llevarse a cabo no en términos de lo que se trata de ser o del buen resultado que esperemos, sino de acuerdo a quién se es y a lo que se siente aquÍ y ahora.



En el Bhagavad Gita, la naturaleza de una vida determinada se define en términos de dharma o deber que cada cual halla en el karma de la vida en que ha nacido, el karma de la personalidad que forma a un ser determinado en su única vida. Y es así como Krishna instruye a Arjuna:



“Cumple con tu deber, siempre; pero sin darle importancia. Es así como un hombre llega a la Verdad última, trabajando sin ansiedad frente a los resultados.” (The Song of God: Bhagavad Gita, traducido por Swami Prabhabananda y Christopher Isherwood, con introducción de Aldous Huxley, Mentor Religious Classic, Publicado por la New American Library, Nueva York, 1956. p.46 y ss.).



Uno sólo necesita descubrir quién es, y actuar de acuerdo a su propia naturaleza. El aspecto más importante de nuestra vida y personalidad es simplemente que son nuestros y de nadie más. Como dice Krishna:



“Es preferible cumplir con nuestro deber, así sea de modo imperfecto, que asumir los deberes de otra persona, aunque lo hagamos con éxito. Debes preferir la muerte cumpliendo con tu deber; el deber de otro te llevará a un gran peligro espiritual.” (The Song of God: Bhagavad Gita, traducido por Swami Prabhabananda y Christopher Isherwood, con introducción de Aldous Huxley, Mentor Religious Classic, Publicado por la New American Library, Nueva York, 1956. p.48).



Es preferible la propia vida, así en la vida imperfectamente, que la vida de otro consumada con perfección. En cada vida, en cada ser humano determinado, Brahman, el Poder Sagrado, se hace presente, y cada uno puede realizar su propio y particular Acto de la Verdad:



Se cuenta una historia, por ejemplo, de cuando el justo rey Asoka, el más grande de la gran dinastía de los Mauryas, "estaba en la ciudad de Pataliputra, rodeado por el pueblo de la ciudad y del campo, por sus ministros y su ejército y sus consejeros, y cerca de ellos corría el Ganges, alimentado por las lluvias, lleno hasta el borde, al nivel de las orillas, de quinientas leguas de largo y una de ancho". Señalando el río, el rey dijo a sus ministros: "¿Hay alguien que pueda hacer que este poderoso Ganges corra para atrás?" A lo que los ministros respondieron: "Sería muy difícil hacerlo, Su Majestad".



Ahora bien, allí cerca, en la misma ribera del río, había una vieja cortesana llamada Bindumati, y cuando oyó la pregunta del rey, se dijo: "Yo soy una cortesana de la ciudad de Pataliputra, vivo de mi belleza; mi trabajo es el más bajo de todos. Haré que el rey aprecie mi Acto de Verdad". Y ella realizó un Acto de Verdad. En el momento en que realizaba su Acto de Verdad, aquel poderoso Ganges fluyó en dirección opuesta a la que traía, con un rugido, y todos los poderosos de la corte lo vieron.



Cuando el rey oyó el rugido que causaban las aguas del poderoso Ganges, quedó atónito, y lleno de admiración y sorpresa. Le dijo a sus ministros: "¿Cómo' es posible que el poderoso Ganges esté volviendo hacia sus fuentes?" "Su Majestad, la cortesana Bindumati oyó tus palabras, y realizó un Acto de Verdad. Es en razón de este Acto de Verdad que el poderoso Ganges fluye hacia atrás".



Con el corazón palpitante de excitación, el rey mismo se apresuró a ir a ver él la cortesana, y le preguntó: "¿Es cierto, como me dicen, que tú, por un Acto de Verdad, has hecho que este río Ganges fluya hacia atrás?" Dijo la cortesana: "Por el Poder de la Verdad, su Majestad, he hecho que este poderoso Ganges vuelva sobre sus pasos".





Dijo el rey: "¡Tú posees el Poder de la Verdad! ¡Tú, una ladrona, timadora, corrupta, viciosa, una vieja pecadora que has roto con todos los lazos de la moral y vives en el fango!" "Es cierto, su Majestad; soy lo que dices. Pero aun yo, la mujer perdida que soy, poseo un Acto de Verdad por medio del cual, si lo deseara, podría dar vuelta todo el mundo de los hombres, y el mundo de los dioses". Dijo el rey: "¿Pero en qué consiste este Acto de Verdad? Por favor, ilumíname".



"Su Majestad, sea quien sea el que me da dinero, sea un Chatria o un Brahmán O' un Vaishya o un Sudra de cualquier otra casta, a todos los trato exactamente igual. Si es un Chatria, no hago ninguna distinción en su favor. Si es un Sudra, no lo desprecio. Libre a la vez de la adulación y del orgullo, sirvo al que tiene dinero. Este, su Majestad, es el Acto de Verdad por el que he logrado que el poderoso Ganges fluya hacia atrás." (Heinrich Zimmer, Philosophies of India (1951) pág. 160-162.).



Cometemos un error si nos preguntarnos: "¿Soy lo suficientemente bueno?" o " ¿Vale la pena ser el que soy?" Cualquier cosa que seamos o hagamos, siempre es lo que tenía que ser. Es nuestro Acto de Verdad. Psicológicamente, muchos de nuestros problemas comenzaron cuando, de niños, alguien nos llevó a preguntarnos si valía la pena nuestra existencia. O' nuestros actos, ¿Quién oyó hablar alguna vez de un niño que se sintiera inadecuado, O' que no supiera cómo ser un niño? ¿Cómo podría no ser lo correcto que yo fuera yo? ¿Cómo podría no ser lo correcto que usted fuera usted? La Chispa Divina de cada persona está en que es precisamente esa persona, si definimos al ser humano en la tradición occidental judeo-cristiana del Mesías:





¿Cómo debe comportarse un Mesías? Díganme. ¿Lo saben? Ustedes sólo saben una cosa: que alivia el dolor, el preciso dolor que ustedes sienten. Es el Mesías de nuestras particularidades. (Arthur A. Cohen, In the Days 01 Simon Stern, Random House, Nueva York, 1972, pág. 346.) … un hombre determinado salva... (a otro) hombre determinado. (Arthur A. Cohen, In the Days 01 Simon Stern, Random House, Nueva York, 1972, pág. 347.).



O en la tradición oriental, hindú-budista, de la universalidad del ser supremo que dice:



“Sea cual sea la semilla de todas las criaturas, soy yo.

No hay criatura, móvil o inmóvil, que pueda existir sin Mí. Soy el engaño del tramposo, soy el poder del poderoso, soy la victoria, soy la ética, soy la pureza del puro”. (Heinrich Zimmer, Philosophies of India (1951) pág. 398. Citado de la traducción de Swami Nikhilananda de The Bhagavad Gita, Nueva York, 1944).



Es el jóker del mazo del Tarot, el Tonto que tiene la sabiduría de preguntar" ¿Quién soy?" Con inocencia, sin segundas intenciones, da un paso hacia lo desconocido para llegar a ser quien es. Si aparece en posición correcta, constituye la elección correcta. Invertido, confundirá su identidad y vivirá la vida de otro.



Nuestra única esperanza es aprender a vivir cada momento- lo mejor que podamos, vivir la vida como un trabajo que se realiza, en lo posible, sin ansiedad por los resultados, "en la calma de la rendición a uno mismo". (The Song of God: Bhagavad Gita, traducido por Swami Prabhabananda y Christopher Isherwood, con introducción de Aldous Huxley, Mentor Religious Classic, Publicado por la New American Library, Nueva York, 1956. p.41).



Sólo entonces podremos vivir en plenitud nuestra vida y ser quien somos, comprometiéndonos con lo que hacemos en ese momento, haciéndolo a nuestro modo, siendo capaces de declarar no que mi vida es perfecta, pero que, imperfecta como es, sin duda alguna es mía sola y de nadie más. Pues Krishna nos dice:



“Cuando un hombre actúa de acuerdo a la ley de -su naturaleza, no puede pecar. En consecuencia, nadie debe abandonar su trabajo natural, aunque lo haga imperfectamente. Pues toda acción denota la imperfección, como el humo al fuego”. (The Song of God: Bhagavad Gita, traducido por Swami Prabhabananda y Christopher Isherwood, con introducción de Aldous Huxley, Mentor Religious Classic, Publicado por la New American Library, Nueva York, 1956. p.127).



Y en respuesta, podemos regocijarnos al llegar a ser quien somos, como lo hace Arjuna cuando responde:



Por tu gracia, Señor, mis errores se han disipado. Mi mente se yergue con firmeza. Sus dudas han terminado. Haré tu voluntad .

…OM. Paz, Paz, Paz.

(The Song of God: Bhagavad Gita, traducido por Swami Prabhabananda y Christopher Isherwood, con introducción de Aldous Huxley, Mentor Religious Classic, Publicado por la New American Library, Nueva York, 1956. p.130).

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